lunes, 24 de septiembre de 2012

El Relojero (XII)

Otro lunes del Relojero vuelvo para que continuemos la historia de Marco, que ya va quedando menos para el desenlace.
Ya sabéis que espero que critiquéis y comentéis todo lo que queráis y, sobre todo, que lo compartáis porque cuantos más seamos, será mejor y a mí me haréis muy feliz.
Si no conocéis la historia, os dejo AQUÍ el link al índice para que comencéis por el principio.
¡Disfrutar!


El Relojero

Cuando el despertador comenzó a sonar el lunes por la mañana tuve la sensación de acabar de conciliar el sueño, sentía el cuerpo acartonado y las articulaciones parecían arderme debajo de mi piel. Me arrastré fuera de mi habitación y vi que se estaba desarrollando la actividad típica de las mañanas en mi casa.
Mi padre mordisqueaba una tostada con mermelada mientras ojeaba el periódico, tenía puesta ya la camisa blanca e impoluta pero la corbata y la americana descansaban en el respaldo de uno de los sillones del salón. Mientras tanto mi abuelo se deshacía en cuidados con las plantas de la casa; cortaba, regaba y toqueteaba según la necesidad. Yo arrastré los pies hasta la cocina, abrí uno de los armarios y saqué mi taza de los Simpsons, la llené hasta el borde con leche y cogí el tubo de galletas de la encimera. Fui hasta la mesa donde estaba mi padre y comencé a comer con la mirada perdida.
—¿Tienes todo listo? —preguntó mi padre— Acuérdate de llevar el resguardo de la autorización a tu tutor y en cuanto salgas de clase, el abuelo te estará esperando para llevarte a tu entrenamiento con Ernesto.
—Sí, papá —gruñí con una voz que apenas sentí mía.
—¿Has tomado el zumo de naranja? —preguntó mi abuelo sacando la cabeza entre los geranios.

Dejé caer mi cabeza y me puse de nuevo en pie. Las normas para el desayuno en mi casa eran muy estrictas ya que en la comida no podían estar seguros de como me alimentaba y por las noches siempre intentaban que comiera ligero.
Empecé a exprimir una naranja y mi cerebro comenzó a espabilarse con el estrépito del aparato. Pensé en lo que me esperaba aquel día, seguramente estaría en la clase de Dani y las cosas serían como el curso anterior pero no podía evitar tener un mal presentimiento.


Salí de la ducha sintiéndome como nuevo, mis músculos estaban firmes y el malestar que tenía cuando me había levantado, había desaparecido sin dejar rastro. Ya en mi habitación abrí el armario y saqué el uniforme del fondo del mismo, me enfundé los pantalones negros que prácticamente eran una segunda piel y me puse el polo azul de verano con el escudo del colegio en el lado derecho. Me revisé en el espejo una última vez, colocándome el pelo como pude antes de calzarme y coger la mochila.
Mi padre ya tenía la corbata y su chaqueta puestas cuando salí de la habitación.
—He pensado que podía llevarte en vez de hacerte coger el autobús —le sonreí y casi corrí hacia la puerta como si temiera que fuera a cambiar de opinión—. Adiós papá —se despidió.
—¡Hasta luego, abuelo!
Él nos hizo un gesto desde su fuerte hecho de ramas y hojas.

Estábamos sentados en el coche, de camino a mi colegio, un centro privado a las afueras de Madrid, cuando sentí que mi padre estaba inquieto.
—¿Pasa algo, papá? —pregunté mirándole de reojo.
Tamborileó en el volante como si reconsiderara no decirme nada pero, al final, optó por sincerarse conmigo.
—Verás, hijo, lo que te ocurrió ayer… me preocupó. Podrías haber muerto y yo no tenía la menor idea de dónde encontrarte. Esa es la razón por la que te voy a pedir algo.
No sabía a dónde quería llegar mi padre con esas frases algo incongruentes entre sí pero asentí, animándole a que continuara.

—Sabes que ni tu abuelo ni yo hemos sido estrictos con las horas de entrada y salida de casa, y que siempre has tenido total libertad para elegir con quien salir y no decirlo en ningún momento… pero las circunstancias que tiene tu vida en este momento… creo que te obligan a que eso cambie.
—¿Entonces sí que voy a tener que rellenar un formulario cada vez que salga? —pregunté arqueando una ceja.
—No, no es eso, Marco. Sólo quiero tener un poco de control. Quiero saber dónde buscar si desapareces ¿me entiendes?

Sabía que mi padre no quería controlarme por un motivo tonto, era por mi bien pero en ese momento, quizás debido a la efervescencia de todo adolescente, sentí una rebelión en mi interior.
—Por supuesto, te avisaré de las veces que salga al baño y cuando vaya a la panadería de la esquina de casa. ¡Ah! Bueno, también te pondré un cartel cuando Dani me invite a su casa. ¿Con eso te vale?
—Estás actuando como un crío, Marco.

Me crucé de brazos y volví la mirada hacia la ventanilla. Sí, estaba actuando como un crío y lo sabía perfectamente pero no podía evitarlo.
—Sé que desde el otro día, cuando detuve el tiempo, me juego la vida cada vez que salgo de casa. Pero algo en mí me pide que siga con mi vida normal y no me encierre.
—Nunca te he pedido que te quedes en casa, hijo. Lo único que quiero es que si vas a salir, dejes escrito en algún sitio a dónde vas para saber dónde buscar.
La voz de mi padre era lenta y apaciguadora, él sólo quería cuidarme y protegerme, no controlarme. Sentí que la careta de niño idiota se me deslizaba por el rostro hasta no dejar rastro.
—De acuerdo —accedí.


El colegio estaba rodeado de una parcela natural con césped y un pequeño lago, además de contar con un campo de deportes que eran la envidia del resto de escuelas. El edificio en sí era de inspiración high-tech, es decir que era más parecido a una nave espacial que a un centro educativo: su forma era supersónica y abombada en el centro, las ventanas alargadas apenas tenían espacio opaco entre ellos y la puerta de entrada era automática, en cuanto te acercabas, se abría sola.
Su interior no era menos estrambótico, según entrabas veías de frente las clases de los más pequeños y al lado derecho nacían unas escaleras de caracol muy amplias que iban recorriendo todas las plantas.

Como yo estaba empezando primero de bachillerato mi clase se encontraba en el último piso y fui subiendo, cruzándome con compañeros de cursos anteriores o con niños que estaba viendo crecer poco a poco.
Todas las plantas se estructuraban igual, albergaban dos o tres cursos con dos divisiones cada una, lo que hacía un total de seis aulas más dos cuartos de baño. Todas menos la superior ya que los cursos de bachillerato contaban con algunos extras.
Al ser los mayores del colegio, las aulas estaban dedicadas a las asignaturas y los alumnos tenían que ir de aula en aula según lo que tuvieran cada hora. Además había un salón de descanso y estudio con mesas y estanterías repletas de volúmenes a la espera de que algún alumno les diera una oportunidad. No era una biblioteca porque la escuela ya contaba con una y se encontraba en un edificio aparte pero servía cuando los exámenes finales se acercaban y no querías alejarte de tu clase.

Cuando entré en el aula de filosofía, decorada con frases de grandes filósofos de todas las épocas, reconocí muchas de las caras de mis compañeros de los años anteriores, entre ellos a Dani que levantó la mano para que me acercara.
Estaba hablando con Cris Reina, una preciosidad que tenía a Dani completamente loco desde el año pasado. Sus ojos eran marrones, profundos y divertidos, su nariz respingona y con personalidad, y su pelo era largo y parecía más suave que un peluche recién comprado. Mi amigo llevaba un año intentando salir con ella pero no conseguía arrancarle el sí por mucho empeño que le pusiera.

Me senté en el pupitre de al lado y les saludé.
—Marco, le estaba diciendo a Cris que este fin de semana íbamos a ir al cine a ver la última de terror que han sacado y la he invitado pero dice que le dan miedo ese tipo de películas.
—¿En serio? —me hice el sorprendido— Yo pensaba que eras una chica valiente, Cris.
Abrí un cuaderno al azar y negué con la cabeza varias veces como si estuviera decepcionado.
—Ya, eso le he dicho yo pero bueno, supongo que la única valiente en esta clase es Alba —se lamentó Dani distraídamente.
Levanté la cabeza de golpe y busqué entre los pupitres la cabeza morena de la hermana de mi amigo, la encontré en la segunda fila riéndose con un grupo de chicos y chicas, uno de ellos le pasaba el brazo por encima de los hombros con familiaridad. Sin darme cuenta apreté el cuaderno entre mis dedos.

—¿Va Alba con vosotros? —giré la cabeza a tiempo de ver como Dani asentía con la cabeza— Entonces de acuerdo pero prometerme que si os pido que me aviséis cuando pase lo malo, lo haréis.
—Tú no te preocupes, yo te avisaré para que no tengas miedo —contestó mi amigo guiñándole un ojo para después girarse hacia mí y añadir en voz baja—. Me tienes que ayudar a convencer a mi hermana para que venga.
Me llevé una mano a la cara sin dar crédito y sonreí. Lo que era capaz de hacer Dani para conseguir a una chica.


Nuestro tutor había pasado el horario de las clases según nuestras optativas cuando recordé la posibilidad de que el Relojero estuviera presente en ese momento en mi clase. Según me había dicho mi padre, era una persona cercana a mí y no hay nadie más cercano que mis compañeros de clase. Yo sabía que Dani no era pero eso no quitaba que pudiera ser cualquiera de los demás.

Me saqué el reloj de debajo del polo y sintonicé con el tic-tac de sus manecillas. Volví a esconderlo y cerré los ojos. Visualicé su circunferencia perfecta, sus números algunos inclinados y las flechas señalizando la hora incansablemente. El sonido inundaba mis sentidos e hice que las manecillas se detuvieran, mientras que el sonido persistía en mi mente.
Abrí los ojos al mismo tiempo que, detrás de mí, un estuche caía al suelo provocando un estruendo en medio del silencio antinatural de la parálisis temporal.
El corazón se me aceleró al saber que el Relojero estaba a un giro de cabeza.

¡Tchan, tchan! y con este final os dejo hasta la semana que viene, comentarme qué os parece y compartirlo en vuestras redes sociales para hacerme un poco más feliz.
El Relojero es un relato inédito y original de Marta Cruces Díaz, administradora del Cuaderno de Ireth 2012
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1 comentario:

Malabaricien dijo...

Gracias por otra entrega más. Vaya final más interesante!