lunes, 13 de agosto de 2012

El Relojero (VII)

Después de una semana de parón, vuelvo otro lunes para compartir con vosotros un poco más del Relojero. Me encantaría que, si os gusta, lo compartáis por las redes sociales para que lo conozca vuestros amigos y conocidos. Para vosotros es un click y para mí significa muchísimo.

Además ya sabéis, si tenéis algo que opinar, cualquier comentario es MUY bien recibido.


El Relojero

Parecía fácil de llevar a cabo pero acabé exhausto después de varias horas tratando de conseguir algún resultado, cuando comenzaba a pensar en abandonar sonó mi teléfono móvil que había olvidado en el bolsillo.
—¿Se puede saber dónde te has metido?
La familiar voz de Dani me sacó de mis divagaciones. Me había olvidado de nuestro plan para ese día.
—Lo siento, tío, es que no sé en qué día vivo —me disculpé.
—No hace falta que lo jures, he llamado mil veces a tu casa y tu abuelo no dejaba de decirme que estabas durmiendo ¿ha pasado algo?
Barajé la posibilidad de decirle lo que me había ocurrido. Dani era mi mejor amigo desde que era capaz de recordar, siempre habíamos estado juntos en clase y los veranos los pasábamos siendo completamente inseparables.

Miré la hora que era y tomé la decisión.
—¿Puedo ir a tu casa y te cuento?
—Como quieras —contestó y casi pude imaginármelo encogiéndose de hombros.
Colgué rápidamente y salí de la Sala del Viajero cerrándola como mi padre me había explicado. Me fui directamente a la calle, sintiendo el calor a lo largo de todo mi cuerpo y poco después llamaba a la puerta de Dani.

Su madre abrió la puerta mientras hablaba por teléfono. Una preciosa sonrisa se dibujó en su rostro y me hizo un gesto para que pasara dentro de su casa. Antes de dejarla atrás me tocó el pelo cariñosamente.
Como siempre que estaba con Susana, un cosquilleo me recorrió el cuerpo. Ella era lo más parecido a una madre que había conocido en mi vida puesto que la mía había muerto poco después de haber nacido.

Entré en la habitación de mi mejor amigo antes de seguir pensando en ese tema tabú para mí. Dani estaba sentado en su cama con un libro en las manos, al ver que venía solo, lo tiró a un lado y sacó el portátil de detrás de su almohada.
Negué con la cabeza sonriendo y me senté a su lado para ver lo que estaba haciendo con el ordenador.
—Estás demasiado viciado —le dije riéndome.
—Esa es la envidia porque te saco por lo menos diez niveles.
Fruncí el ceño, estaba claro que esa noche tenía que acortar esa diferencia, no podía permitir que me siguiera ganando.

Me quedé en silencio sin saber cómo empezar la conversación. Había decidido contarle lo que me había ocurrido pero no sabía cómo empezar. Empecé a morderme la uña del pulgar y ese gesto atrajo la atención de Dani.
—Aih, madre, ¿qué has hecho esta vez?
—¿Qué quieres decir? —inquirí entrecerrando los ojos.
—Morderte la uña, siempre que lo haces es porque tienes que contarme un secreto inconfesable y no sabes cómo.
—Eso no es verdad —me quejé intentando negar lo evidente.
—¿Ah no? La última vez que te mordiste esa uña fue cuando te liaste con Laura Gómez y no querías decírmelo porque sabías que me gustaba —apuntó con un rintintín triunfante en la voz.
Iba a decir algo pero no se me ocurrió nada por lo que cerré la boca y clavé la mirada en mis zapatillas de deporte.
—¿No te habrás liado con Cris? —preguntó alarmado.

Quise reírme por pura frustración, parecía que las únicas posibilidades para mi situación era que me hubiera topado con una chica. Y, bueno, en cierto modo era cierto.
—No, te prometo que no. Lo que me ha pasado es más fuerte pero no sé cómo empezar.
Dani alzó las cejas.
—Eso es fácil, empieza por el principio.
Sonreí al pensar lo sencillo que era hablar con Dani de cualquier tema. Le conté todo lo que había ocurrido, desde que había salido de su casa después del maratón de videojuegos que habíamos hecho para despedir el verano.


Estaba hablándole de la Sala del Viajero cuando me interrumpió.
—¡Te lo dije! Te dije que era raro que nunca hubieras ido al trastero de tu casa. Sabía que tu padre escondía algo.
—Acabo de contarte que puedo viajar en el tiempo y ¿todo lo que te importa es que mi padre tenía un cuarto secreto?
Dani empezó a reírse y, como siempre, se me contagió con rapidez.
—De verdad que es alucinante, salvo por eso de que puedan matarte… eso no me gusta —opinó mi amigo cuando fue capaz de volver a hablar.

Antes de poder contestarle, se abrió la puerta un poco. La hermana melliza de Dani, Alba, buscó a su hermano en el interior de la habitación.
—¿Qué quieres? —preguntó con fastidio.
Alba y Dani se parecían poquísimo entre sí. Mi amigo era muy alto y su hermana no le llegaba más que al hombro; él tenía la piel muy blanca mientras ella parecía estar dorada por el sol; el cabello de Dani era rubio como la paja mientras que el de la chica era negro como el carbón. Lo único que tenían en común eran los ojos, los mismos que el padre de ambos: verdes.
—¿Me puedes devolver el destornillador? Mamá ha vuelto a tocar algo en el aire acondicionado y hay que arreglarlo —explicó lentamente.
—Está encima de la tercera balda, entra y sírvete tú misma que yo estoy muy cómodo.
Alba chasqueó la lengua y abrió la puerta del todo. Llevaba sólo una camiseta larga que le llegaba hasta las rodillas y unas chanclas que resonaban a cada paso que daba. Supuse que había estado todo el día en la piscina y por eso estaba vestida así además de estar completamente despeinada.

Me había quedado mirándola fijamente demasiado tiempo y ella se volvió hacia mí, retiré la mirada rápidamente y sentí que las mejillas me quemaban. ¿Desde cuándo observaba tan detenidamente a Alba?
Fui incapaz de recuperar una respiración normal hasta que ella hubo salido de la habitación.
—Tío, podrías cortarte un poco ¿no? Que es mi hermana.
Se me abrieron los ojos como platos y me incorporé para mirar a Dani, él había comenzado otra vez a reírse.
—Tendrías que verte la cara, pareces un búho.

Le di una patada en su zapatilla para que se callase pero eso sólo consiguió que se riera más.
—Déjalo ya —pedí completamente avergonzado.
—Es que te has pasado, Marco. Nunca te había visto ser tan descarado.
—No me he dado cuenta ¿vale? —repliqué comenzando a enfadarme.
Lo cierto es que ni siquiera lo había hecho conscientemente, sólo me había quedado embobado al verla entrar como si la viera por primera vez y me diera cuenta de que era una chica y no sólo la hermana de mi mejor amigo.
—Vale, vale, sígueme contando lo del Relojero ese.
—Está bien —respiré hondo antes de seguir con la historia—. Según mi padre es alguien de mi entorno y podría no tener ni idea de la capacidad que tiene.
—¿Podría ser yo? —preguntó con un brillo en los ojos.
—Es posible.
—Haz esa cosa de parar el tiempo para ver si lo soy.
Me mordí el labio inferior porque lo cierto es que cuando había estado entrenando no me había salido ni una sola vez y no quería quedar en ridículo delante de mi mejor amigo.

Miré el reloj una vez más antes de cerrar los ojos para visualizar toda su superficie. Sus manecillas con su incansable movimiento, el sonido constante y los números que iban surcando. Me concentré en el sonido, intentando aislarlo de lo demás.
"Tic... tac" pensé interiormente.
—Bueno, venga Marco, para el tiem…

El Relojero es un relato inédito y original de Marta Cruces Díaz, administradora del Cuaderno de Ireth 2012

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